Mi relación con Emilio iba viento en popa a toda vela. Llevábamos bastante tiempo juntos, yo tenía catorce años, camino de los quince, y el deseo sexual cada vez era mayor. Mis amigas y yo hablábamos a menudo del tema; todas estábamos emparejadas y salidas, habíamos perdido la poca vergüenza que nos quedaba y necesitábamos corromper el último resquicio de inocencia que albergábamos en nuestros respectivos cuerpos. Había llegado el momento.
Yo, que siempre he sido muy precoz, fui la pionera; Emilio y yo nos lo habíamos planteado, pero nunca verbalmente, era un tema tabú en nuestro noviazgo. Decidí que ya era hora de hacerle caso a mi entrepierna y creí que el mejor método para hablar de aquello con mi novio sería mediante una carta. Dicha carta, que era una conversación entre Estela y yo, decía algo así como que yo ya tenía ganas de dejarme de tonterías, que no lo planificaría pero que si algún día surgía no le diría que no. Emilio no me dijo nada, reaccionó de un modo demasiado raro y yo me temía que fuese a volver a dejarme por parva y virgen. Nada de eso, aquella misma noche Emilio me llamó para pedirme perdón por su comportamiento tras la lectura de la carta y me dijo que vale, que estaba preparado para dar un siguiente paso en nuestra relación pero que había reaccionado así porque le daba miedo; sus palabras fueron "yo ya no soy virgen (historia que recordarás, querido lector), pero contigo es diferente que con la fea esa. Contigo voy a hacer el amor". El amor que yo sentía por mi hombre, que no era poco, se multiplicó por un millón tras aquellas sentimentales palabras (a día de hoy sigo pensando que, dentro de lo patético de la situación, fueron unas palabras bastante tiernas) ¿Sabes lo que es la vaginitis? Consiste en la contracción involuntaria de los músculos de la vagina impidiendo, así, que entre el pene. Bien, mi yo del pasado no conocía el término "vaginitis" pero sabía muy bien lo que era. Tras, aproximadamente, un mes de continuos intentos, un par de cunnilingus y unas cuantas cajas de condones malgastadas lo logramos; fumata blanca ¡Habemus penetración! Una vez dentro, aquello fue un no parar: yo había encontrado algo que, no sólo me proporcionaba intensos y placenteros orgasmos, sino que era una modo de hacer ejercicio ¡Dos por el precio de uno!
La siguiente en mi lista de amigas que por fin se han desfogado era Irene. En esta parte de la historia, mi pobre Irene pasará a llamarse Diana; con lo que te voy a contar no hará falta que te dé una explicación. Diana estaba loquita por un chico que se llamaba Rafa; pintaba corazones con su nombre y suspiraba cada vez que lo veía. Diana, que, según ella, no es partidaría de las relaciones empalagosas ni de tener novio, consisguió que aquel chico por el que se desvivía le hiciese caso. No recuerdo bien cuanto tiempo llevarían juntos, cuando tomaron la decisión de que era el momento de perder la virginidad el uno con el otro ya que estarían unidos durante toda la eternidad y algún día tocaba empezar. Lo que ellos no sabían era que una eternidad es lo que pasarían practicando la puntería de Rafa; podría hacer un símil bastante acertado entre esas palomas estúpidas que se chocan una y otra vez contra las ventanas y la habilidad del pene de Rafa. Ante esta situación, Rafa le pidió consejo a Emilio y este le dijo que le pidiese ayuda a Diana para lograr su objetivo. La recomendación surtió efecto: Diana ya tenía el camino trazado, ahora sólo le quedaba encontrar un hombre que supiese guiarla.
El caso de Amina fue mucho más sencillo; ella estaba liada con un tío del que no recuerdo ni su nombe y se lo tiró. A la mañana siguiente,llegó un sms a mi móvil:
"Soy Amina, ya me lo he tirado. Y no sólo una, sino dos veces ¡Soy una viciosilla!"
¡Y tanto que era una viciosilla! Una semana después, estaba acostándose con un amigo de su lío (un polvo desastroso, por cierto) y otras dos más tarde se tiraba a un desconocido en el baño de un pub. A día de hoy, la rememora como una de las folladas más morbosas de toda su vida.
Por otro lado, nos encontramos con Marian que, como la de Robin Hood, es una zorra. Marian se desprecintó con el hermano de Rafa. Es la primera vez más horrorosamente desastrosa que me han contado jamás. Al parecer, encajó bien pero aquello fue como si espachurrases con un martillo un tomate podrido: lo salpicó todo. Mientras el novio de Marian empujaba diciendo "¡Vamos, vamos, vamos!", ella empapaba la camiseta, el suelo y el sofá. Sofá en el que, unas horas más tarde, nos sentaríamos el resto de la pandilla.
Por último, tenemos el curioso caso de "Dafne sin miedo". Mi hermana cuenta que ella no se enfrentó a ningún tipo de dificultad a la hora de perder el virgo. Explica que todo fue a la perfección y que hasta disfrututó. Cada vez que me cuenta esta historia pienso que me está narrando un leyenda urbana.
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