19 jun 2011

De boca en boca van

Mi pequeño gran secreto continuaba a buen recaudo; Emilio y yo estábamos juntos y sólo mis amigas lo sabían. Una tarde paseando por el parque, ejerciendo el papel de la típica pareja empalagosa, nos descubrieron; Mónica nos había visto besándonos. Mónica, a la que te nombré hace unas cuantas actualizaciones, había formado parte de mi grupo de amigas. Digo "había" porque a esas alturas de mi vida ya no nos llevábamos bien, es más, no nos soportábamos. Mónica era la chica nueva en mi clase, Irene la conocía y la introdujo en la pandilla. Al principio nos caímos genial y teníamos mucha confianza la una en la otra. No recuerdo la causa, sin embargo sé bien cuál fue la gota que colmó el vaso; Estela y yo no dejábamos de putearla, nos divertíamos a base de cachondearnos de ella. No, no éramos unas hijas de puta que le hacían bullying, ya que ella nos seguía el juego; eran gilipolleces de niñas pequeñas, siempre recíprocas, pero gilpolleces al fin y al cabo. Un día, la directora del colegio nos encerró a mí y a Estela en un aula e intentó acojonarnos diciéndonos que si prolongábamos nuestro "acoso" no tendría más remedio que echarnos del colegio. No lo hizo, no tenía motivos. Lo que pasa es que la antigua directora de mi colegio siempre ha sido muy retrasada mental; la típica flipada que se come el mundo y, en realidad, no era capaz ni de imponer orden entre sus alumnos.
Mónica debió darse cuenta de que aquella estrategia no le iba a funcionar y optó por cambiar de táctica; durante la excursión de fin de curso, en Cádiz, me la lió parda. Los profesores nos habían dejado campar a nuestras anchas y todos seguimos a los "guays" ( lo típico de cuando llevas vividas 16 primaveras, que tu personalidad brilla por su ausencia), la elite de mi excursión se pasaba las tardes en unos recreativos y allá fuimos. Mientras yo jugaba al billar, Mónica se puso a mi lado observándome con una de esas miradas que te asesinan; contra todos sus pronósticos, lo único que provocó en mí fue la risa. Se ve que se aburrió de hacer el ridículo y salió de allí, yo creí que se había ido de vuelta al hotel pero no; cuando me cansé del billar, se me da fatal y no había ningún chico por el que quedarme para intentar que me ayudase a mejorar mi puntería, me dirigí a unos banquitos que había fuera. Allí estaba ella, me gritó un "¿QUÉ? ¿QUË COÑO MIRAS?", yo le respondí "Que de queso" y me alejé (aquel pique que se había inventado ella sola me divertía, pero no lo suficiente como para quedarme). Estaba yo sentada en el banquito, con una chavala de mi clase, cuando veo que esta niña con la que estaba hablando pone cara de pánico y se baja del banco de un brinco. No me dio ni tiempo a pensar <<¿qué mierda haces?>> cuando vi un puño que iba directo hacia mi cara, y lo esquivé. Me enderecé, continuaba sentada, y vi que Mónica volvía a probar suerte con otro puñetazo. Volví a esquivarlo, se dio contra la pared y yo pensé <<eso ha tenido que dolerle... >>, atendiendo a que yo estaba de espaldas a ella y que no era capaz ni de rozarme, se debió de desperar un poco y se me echó encima. Ponte en situación; una personajaca que a mí ni me iba ni me venía intentaba pegarme y no era capaz ni de hacerme cosquillas, en su cabeza lo más coherente debió ser eso de tirárseme encima, no sé.
El caso es que yo no era quien de sacármela de delante; date cuenta de que continuaba sentada. Si eres mujer, sabrás que que te aplasten una teta como si fuera una de esas bolitas antiestrés es más o menos soportable, pero si te aplastan la teta empujando hacia dentro eso duele, duele mucho. Pues esa fue la táctica que utilicé para que esa mujer me dejase levantarme. Funcionó; me puse de pie y le di un puñetazo, puñetacito mejor dicho, porque yo nunca he sabido pegar. Desistió y se fue gritando que yo era una puta que le había arruinado la vida. En estado de shock, llamé a una de sus amigas y le pregunté qué le pasaba conmigo ella me dijo "Nekane, le hacéis la vida imposible. No sé para qué preguntas si todo el mundo lo sabe. Es normal que pierda los nervios". Yo estaba flipando; aquello era mentira y nadie me creía. Ante tal situación me pudo la impotencia y me puse a llorar delante de toda mi clase y la de mi hermana. De repente, pasé de estar rodeada de cotillas a que no hubiese absolutamente nadie; mi hermana se había enterado e iba a la puerta del hotel a partirle la cara a Mónica. Cuando llegué al hotel había montado un pifostio de la hostia: Mónica le lloraba a los profesores y mi hermana, Irene y Estela gritaban que era una zorra, una mentirosa y que ese fin de semana no, pero que algún día iba a recibir su merecido. Los profesores, que no eran tontos, me avisaron de que mantuviese a raya a mis amigas que ellos ya se encargarían de Mónica. El asunto terminó de la siguiente manera; regresamos de la excursión, unas niñas casi le pegan a Mónica para defenderme (casi porque Mónica se puso a suplicarles y les dio penita) y yo estuve amenazada durante una semana por una tipa que no sé ni quien es. Después se calmaron lo ánimos y, como lo conocía a la perfección, no le conté nada a Emilio. Yo no quería más gilipolleces.
Bueno, a lo que iba, estábamos Emilio y yo en actitud cariñosa cuando Mónica nos pilló in fraganti. Las consecuencias que yo sabía que aquello traerían no se hicieron esperar; esa noche Pocoyo me envió un sms diciéndome que se había enterado de todo, que no entendía el que yo le hubiese mentido pero que él me quería con locura y me apoyaría en cada decisión que yo tomase. Con todo el sentimiento de culpa del mundo, le pedí perdón. Creí que todo quedaría así, pero no. Pocoyo comenzó a soltar todo lo que pensaba y sentía en su ciber espacio personal; dijo cosas como  "¿no te das cuenta, verdad? Confié en ti, en tu palabra y tú me fallaste. Siempre terminas igual y esta vez no será diferente. Te va a hacer daño, otra vez, ambos lo sabemos. Te arrepentirás y me vas a echar de menos". Tuve que convencer a Emilio de que no le rompiese las piernas miles de veces (Emilio siempre ha sido uno de esos paletos agresivos), y cuando creí que las cosas no podrían ser más ilógicas me entero de que Emilio y Pocoyo estaban en contacto vía sms y se dedicaban tales perlas:

Pocoyo: no te preocupes por nada, tío, podemos ser colegas que yo entiendo bien la situación. Lo único es que ya sabes que me gusta tu novia porque es preciosa y si no la cuidas yo iré a por ella ;)

Emilio: venga, neno, sin fallo eh! Que no mola que estés chungo por una piva, no merece la pena, ya lo sabes. No te preocupes que no la voy a dejar escapar tan fácilmente ;)

LOLAZO, lo sé, esa está siendo tu cara. Los dos me querían muchísimo, estaban enamoradísimos de mí, una cosa loca. Pero resulta que era yo la zorra que los había puteado y, claro, por mí no merecía la pena pasarlo mal ¡Cuánta razón tenía mi madre cuando me decía que no me juntase con críos, que yo era muy joven!

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